25 de diciembre de 2008

La continuidad de las cosas

Me encantan las cosas que se descubren volviendo las palabras del revés, como si fueran calcetines. Navidad deriva de natalis —natalicio, en latín—, de la cual proviene natividad, una palabra demasiado larga para que los siglos no se cansaran de ella. Natalis, nativus, natividad, nadvidad… Se produce alrededor del solsticio de invierno. Para algunos nace un dios. Otros se alegran de celebrar el paso de las estaciones, el inclemente tiempo al cual han sobrevivido una vez más. El motivo es lo de menos, embellecido ante la consecuencia: hace siglos que nos sentamos a la mesa y brindamos por ello. En Grecia, donde se inventó la sofisticación tal y como hoy la conocemos, lo hacían con su mejor vino, casi siempre llegado de las remotas tierras de Asia Menor. La alegría se transportaba al comedor, y la mesa se engalanaba para celebrarlo. Siempre después de que se pusiera el sol, cuando también las prisas del día habían tocado a su fin, cuando en la mesa podía alargarse la conversación, y de ella se podía ir a la cama, como inventaron aquellos antepasados remotos que tanto sabían de las delicias de la vida.
Me encanta celebrar la continuidad de las cosas. Me hace feliz desplegar un mantel navideño pensando que sobre él desmigarán el pan aquellos que más me importan. Veo en ese gesto tan simple de arrimarse a la mesa una rememoración entrañable de las muchas comidas navideñas de mi niñez: ahí está el gesto querido de la abuela que ya no está, la presencia real del bisabuelo a quien no conocí, mi padre contando anécdotas divertidas frente a un plato humeante que huele a gloria, las fuentes repletas de sabores por estrenar o de dulzores emocionantes que siempre me agarraban por sorpresa, las navidades en que fui por primera vez invitada en la casa paterna, y de ahí a las primeras navidades de mi madurez, cuando por primera vez creí decidir el menú —¿fue ese, acaso, uno de mis primeros gestos como persona adulta?— aunque terminé por servir los mismos platos que comí de niña en las navidades que decidía mi madre, igual que me esforcé por encontrarle el punto exacto a cada plato, la perfecta imitación de los sabores que amamos. Y, al fin, la primera vez en que animé a mi hijo a probar sabores nuevos, los mejores, aquellos que, como hicieron los griegos y los romanos, hemos traído de alguna parte sólo con esta excusa efervescente de la celebración que nos une.
De modo que ahora miro esos ojillos brillantes de emoción y les digo: «Prueba, cariño, verás lo rico que está». Y esas palabras lo contienen todo. Los menús de mi madre, de mi abuela y mi bisabuela, las palabras de mi padre durante las sobremesas, los sabores presentes y pasados, el futuro de la mesa que un día engalanarán mis hijos y sobre la que reposarán, como un plato más, los recuerdos que aún no conozco, aquellas en las que ya no estaré y que ya les pertenecerán por completo a ellos, los que amo, y a la memoria. Y a las palabras que inventaron aquellos de los que ya no recordamos nada más.

La imagen de hoy: el reptil de nuestro belén, de hace 3 años.

14 de diciembre de 2008

Libros (y libreros) sin fronteras

De las cosas que más me gustan de mi vida nómada son los almuerzos con libreros. Hace poco he tenido la suerte de compartir pan y sal (qué bíblico me ha salido) con dos de los mejores libreros de este país y en dos almuerzos distintos. Fernando, de librería Estvdio de Santander y Estrella, de librería Oletvum de Valladolid. A Estrella me la reservo para otro post, que da para mucho. Dejadme hoy que os hable de Fernando y de Julián, su encargado de Literatura Infantil y Juvenil.
¿Cómo se reconoce a un buen librero? Lo primero, por el entusiasmo. Por ese brillo en los ojos que se le pone cuando te enseña su librería, cuando te habla de las obras o de las ampliaciones o de cómo coloca sus libros favoritos en una mesa intocable y lucha para que el aluvión de novedades no las desplace de inmediato. Un buen librero, he aprendido, es aquel que cuida con celo su mesa de recomendados. Por supuesto, por lo que contiene esa mesa también se reconoce a un librero de raza, y por sus recomendaciones de sobremesa, por supuesto. Un consejo: jamás desatendáis las recomendaciones de un buen librero.
En un almuerzo reciente en Santander, después de pasar la mañana en Estvdio, una librería-refugio, donde los pasos resuenan sobre la madera y hay rincones dedicados monográficante a Ediciones del Viento, Impedimenta, Anagrama o Libros del Asteroide (por citar algunas editoriales suculentas), Julián me habló de sus filias como lector-devorador de literatura juvenil. Repasamos algunos títulos clásicos de álbumes ilustrados, esa puerta de entrada al mundo de la lectura para los más pequeños: Donde viven los monstruos, Vamos a cazar un oso, Los tres bandidos, Yo... y poco a poco fuimos llegando a otro tipo de clásicos. La Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren, tan repleta de sueños infantiles —empezando por la libertad y la anarquía absolutas en las que vive— que sólo podía ser un clásico, o Historias de Winny de Puh, de A. A. Milne, un libro publicado con esmero por Valdemar —colección Avatares, nº 40— que reúne en un magnífico volumen los dos libros que el autor inglés, íntimo amigo de Barrie, dedicó al oso glotón —Winny de Puh y El rincón de Puh— junto con las ilustraciones originales de E. H. Shepard.
Lo leí ayer, de un tirón, durante un azaroso viaje de regreso desde Valladolid. Y resultó una lectura tan estupenda que este post pretende ser una muestra de agradecimiento a Julián, por recomendármelo. Me reí con las ocurrencias de Winny y su pandilla, disfruté eligiendo a mi personaje favorito, que es el desdichado burro Iíyoo, al que le pregunta Winny en un momento dado: «¿Cómo estás?» y él contesta: «No estoy muy cómo. Hace mucho que no estoy cómo», me pareció acertadísimo el juicio negativo que emite Conejo cuando sabe que al bosque ha llegado un extraño, que es un canguro: «Un animal del que ni siquiera habíamos oído hablar. Un animal que lleva a su familia metida en un bolsillo». Y, por supuesto, me emocioné con la historia verdadera que hay tras el cuento: Milne escribió estos dos libros para su propio hijo, el Christopher Robin real (1920-1996), quien para sus juegos disponía de varios "amigos" de peluche: un oso, un cerdito, un tigre, un canguro y un burro. El final del segundo libro es emocionante, cuando se nos dice que Christopher Robin se va, aunque no se sabe a dónde, y él y Winny se prometen mutuamente ser siempre fieles al recuerdo de lo que juntos han compartido. Es una preciosa alegoría de la infancia y de su final, como el libro está repleto de emocionantes y divertidos guiños a un montón de lugares comunes de la madurez. Es un libro que puede leer tanto un niño como un adulto, aunque Julián —y no sólo él— se lamentan de que la gente no conoce el clásico de Milne y sólo pide el osito Puh de Disney, sin saber que al rey midas del cine para niños casi no le hizo falta añadir nada a la historia original o a los dibujos de Shepard para crear su película sobre el mismo personaje.
Como curiosidad: no hace mucho, en un viaje a Nueva York, me encontré con Winny de Puh y sus amigos, Porquete, Iíyoo y los demás, en la Quinta Avenida. Por algún avatar, los peluches reales con quienes jugaba Christopher Robin Milne
terminaron en la Biblioteca Pública neoyorquina, en el interior de una vitrina, y sus gastados pellejos transmiten una emoción idéntica a la que sentí cuando, ayer muy de madrugada, en el seno de un avión retrasadísimo, terminé de leer el segundo de los libros. De modo que si no sabéis que leer estas Navidades, supongo que a Julián le hará feliz saber que su consejo de librero experto llega también a los lectores de este blog, no menos duchos en tantas cosas importantes, por cierto.

9 de diciembre de 2008

Normalidad, dulce normalidad

La promoción se va terminando (aleluya) y vuelven mis viajes normales: colegios, mesas redondas, encuentros con lectores pero sin pretexto ni cámaras que todo lo ven. No hay felicidad mayor que la de la normalidad. Ni sensación de bienestar más estupenda que la de pensar que durante una temporada no voy a repetir varias veces al día las mismas cosas intrascendentes sobre mí misma. Con una sola compaña de promoción ya me habría bastado para aborrecerme para siempre. Con varias sucesivas (o simultáneas, según), lo menos que podía pasar es que me odie. Si en estos momento me viera llegar por la calle, cambiaría de acera. Qué coñazo de tía.

Tal vez ahí esté la clave de todo. Tal vez sólo escribo para alejarme de mí misma. Es por lo mismo que me gusta nadar, me figuro: dentro del agua mi naturaleza se diluye y el mundo, también, con sus colores, sus olores y sus ruidos. Me gusta hacer planes con mis hijos porque mientras estoy con ellos también soy un poco menos yo: sólo soy la parte de mí que ellos necesitan. Y podríamos continuar, si no fuera muy tarde y el fin de semana de tres días no me hubiera dejado extenuada.
Así que termino concluyendo:
Cosas que aprendí en este puente:
1) cumplir años para detestarse es una desgracia sin remedio
2) el contacto con ciertas estrellas deja un calor brillante en la piel
3) este año se llevan los adornos navideños peludos
4) la normalidad es una droga adictiva que en fechas de guardar crea síndrome de abstinencia
5) a los reyes magos, voy a pedirles unos pies de pato
La imagen: la de siempre, la odiosa, en no sé qué tele de no sé qué sitio

5 de diciembre de 2008

Cita a las doce y dos

Un gran amor, esa cosa impronunciable emponzoñada de trivialidad, probablemente empezó con el deseo de vivirlo.


Cees Nooteboom, ¡Mokusei! (Siruela, 1994)

4 de diciembre de 2008

Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas
y lo que digo sucede en un discurso perdido o
en uno futuro, no es sino seducción, seducción y ser seducido
y ese miedo que invade al hombre cuando descubre
que grito y eco, gesto y comprensión
todo lo habitual,
es como algo regalado para siempre que de repente puede
extinguirse, y que és está solo
en mitad de la vida.

De En mitad de la vida, de Hermann Broch (Igitur, 2004)


La imagen de hoy, del De Im Here, en Flickr

2 de diciembre de 2008

Ocho maneras de contar


Carlo Frabetti, Antonio García Tejeiro, Ricardo Gómez, Alfredo Gómez Cerdà, Andreu Martín, Gonzalo Moure, Care Santos, Jordi Sierra y Fabra.

Ocho maneras de contar, ocho estilos de escribir, ocho formas de pensar, ocho miradas distintas al mundo y a la literatura.

Ocho escritores que, tras coincidir en El Juego Literario de Medellín (Colombia), descubren que las diferencias son interesantes, curiosas, enriquecedoras y nos lo quieren contar, cada uno a su manera.

Publicado por Ediciones SM.

1 de diciembre de 2008

Soy del club de fans de E & B

Pues es la verdad verdadera: hace unos días me animaron a formar parte del club de fans de Epi y Blas (o Ernie y Bernie, en Estados Unidos; o Enrique y Beto en América Latina)... y acepté. Ahora soy miembro numerario del club de fans de dos amiguitos de trapo que animaron mi infancia. Lo pone en mi ficha, que pueden ver mis (a día de hoy) 177 amigos y lo peor es que no me avergüenza. Imagino que habrá clubes de fans peores a los que pertenecer.
Sí, navegantes, he caído, del mismo modo que un día ya lejano caí en esto y me hice blogger: me he hecho usuaria de Facebook. Lo cual prueba que mi alma virtual es mucho más débil de lo que yo creía. Empiezo a pensar que todo esto no es más que una maniobra de mis enemigos (pocos pero tenaces, a la par que imaginativos) para alejarme para siempre de los libros y sumirme en una ruina total propiciada por Internet.
Sí, el invento es gracioso, te permite contactar de nuevo con gente del cole a quien hace siglos que no ves (algunos siguen igual de odiosos después de 20 años) y tener un contacto rápido, freuente y superficial con muchas personas. Rápido, superficial y frecuente... el paradigma de nuestros tiempos, eso es Facebook. En general, me parece algo divertido y útil, pero también hay algunas cosas que me mosquean un poco.
Y lo que más me mosquea es que Facebook exalta la infantilización definitiva de nuestras relaciones. Ya se sabe que hoy en día la gente quiere ser adolescente a los 40. La juventud se reivindica como un bien valioso, los jóvenes no acaban de crecer ni de asumir que ya no son jóvenes, a la gente le molesta el adjetivo "maduro" -¡con lo que cuesta alcanzarlo!- y, por si no bastara, ahí está Facebook para reducir nuestras relaciones a una adolescencia perpetua. Tus amigos, esos a quienes creías gente sensata, centrada en su trabajo y su familia, incluso escritores admirables, de pronto te envían un mensaje para que te unas a su causa. La causa puede llamarse "Lobotomización de Jiménez Losantos" o "Ahorra agua, dúchate con alguien" (por citar dos a las que me he unido, de modo que soy tan pecadora como ellos). Pueden crear un club de fans de otro amigo a quien apenas conoces y cuyo único mérito parece ser hacerse fotos en calzoncillos (consultables en Facebook) o darte "un toque" (gesto que no sirve para nada, más que para saber que alguien te dio un toque). Pueden agregar fotos para que les veas o enviarte una instructiva encuesta que te permita descubrir qué personaje de South Park, los Pitufos o Bola de Dragón serías si formaras parte de la serie. ¿Suena a pérdida de tiempo? Pues sí, porque lo es: una soberana pérdida de tiempo. Pero incluso eso me parece menos punible que la infantilización de nuestras vidas.
De modo que para reivindicar la madurez que tanto me ha costado conseguir, y en la que me siento tan confortablemente instalada, he decidido aplicar algunas medidas de choque (léase métodos de defensa) en mis relaciones "facebookiles": no pienso unirme a ningún otro club de fans; con el de Epi y Blas basta y sobra. No contestaré encuestas, de ninguna clase. Me basta con las entrevistas de los periodistas que no leen los libros de los que hablan, gracias. Sólo apoyo causas que me despiertan emociones verdaderas, y aún así me lo pienso mucho. El resto, las "ignoro", elegante verbo para decir que paso olímpicamente. Y a los eventos que me invitan, siempre digo que quizá asista, porque la esperanza -y la ocasión- es lo último que se pierde.
"Ignorar". Interesante verbo. Seamos malos e imaginemos la vida en clave de Facebook: ¿cuántas cosas merecerían nuestra ignorancia, de lo que ocurre cada día? Ojalá todo se presentara seguido de la pregunta que es estrella en este juego -que es la vida- del Facebook: ¿Deseas unirte a esta causa? Aceptar. Ignorar. Y yo llevo el cursor, lenta e inexorablemente, con mano segura, hacia lo que debe ser.

28 de noviembre de 2008

Juan Cervantes Marsé

Le han dado el Cervantes a Marsé, qué alegría. Le han dado el Cervantes a un gran escritor, un defensor cabal de sus ideas y -no lo niego- alguien a quien admiro como escritor y como persona. Se lo han dado a un escritor catalán que escribe en castellano. Ay. Asunto espinoso, de esos que convoca a los políticos a decir idioteces. Primera idiotez. La dijo ayer el Ministro de Cultura: «Marsé ha contribuido a la defensa en Catalunya de una lengua (el español) que hablan 500 millones de personas».
De entrada, no parece que tenga que defenderse de nada una lengua que hablan ¡500 millones de personas! pero me gustaría explicarle algo al señor Ministro de Cultura. En Barcelona, es raro subir a un taxi y que te hablen en catalán. Si caminas por la calle, y escuchas con atención, sólo una de cada ¿seis? conversaciones (puede que siete, puede que quince) son en catalán. En los restaurantes del Raval, en pleno centro de Barcelona, los camareros no te entienden si les hablas en catalán. Encontrar en el Servei Català de la Salut (¡!) un médico que hable catalán es casi un milagro. Y no hablemos de la justicia. O de algo tan sencillo como el servicio de correos. El catalán es una lengua pequeña por su número de hablantes pero grande por su tradición, su literatura y hasta por el empeño de quienes la hablamos. Un idioma siempre es un patrimonio a proteger, pero un idioma expuesto al bombardeo constante de una lengua más hablada y omnipresente, la lengua tradicional del poder y de los medios de comunicación, necesita sobreprotección para sobrevivir. Y esa sobreprotección es la que no se entiende fuera de las fronteras de Catalunya: la que nos lleva a defender la enseñanza sólo en catalán, el catalán en la justicia, en la administración, en los medios de comunicación y en nuestro día a día. "Quiero poder vivir en catalán", me decía un buen amigo hace poco. Lo decía con cara de tristeza. Justificada tristeza.
Así que, señores políticos, dejen de decir que el castellano está perseguido. El castellano es un coloso, no necesita que nadie venga a protegerle de nada. Menos del catalán, que es como el pájaro arrojado del nido en plena la tormenta.
Pero hablaba de Marsé. Para compensar al Ministro, el escritor ha dicho algo muy oportuno, al hilo de todo esto: "Espero que el premio no tenga intencionalidad política porque yo no defiendo nada ni a nadie, sólo el derecho a escribir en la lengua que me dé la gana". Como es sabido, la "lengua que le da la gana" utilizar a Marsé para escribir es el castellano. O el español, aunque el sinónimo levante más ampollas. La misma, por cierto, en la que "me da la gana" escribir a mí (aunque con salvedades, porque de vez en cuando siento necesidad de escribir en "mi otra" lengua materna, el catalán). Hay catalanes que arrugan la nariz porque Marsé, nacido y criado aquí, escriba en castellano. Hay quien le rechaza sólo por eso. Siempre me ha inspirado ternura esta gente mía que conoce Nueva York o Londres o Tokio como la palma de su mano y que sin embargo no encuentra nada interesante que visitar en Madrid. O que lee en inglés y francés pero nunca se le ocurriría leer lo último de Marsé, a no ser que se traduzca (a Mendoza se le tradujo, ¡cosas veredes!). Me inspiran ternura porque les comprendo bien: protegen lo nuestro, protegen una cultura frágil, históricamente bombardeada, que con razón a veces ha focalizado en lo castellano al enemigo. Hya que recordar que la Cultura, con mayúsculas, está por encima de este tipo de rencillas. Y algunos de nuestros actuales políticos no contribuye, precisamente, a pasar página.
Yo formo parte de esa gente incómoda que siendo catalana de nacimiento y corazón comete la traición de escribir en castellano. Estoy en una incómoda frontera: cuando viajo por España, tan a menudo, me entristezco al comprobar que Catalunya es la eterna malinterpretada, desconocida, despreciada. Me indigno o me apeno, a partes iguales, ante comentarios cazados al azar, en conversaciones. A veces salto, y discuto, trato de luchar contra molinos gigantes: el desconocimiento, los prejuicios, las manías... El problema es que cuando juego en casa me pasa lo mismo: ¿Quién se atreve a considerarme ajena a todo esto por mucho que escriba en castellano? ¿No son las novelas de Marsé algunas de las que mejor han dibujado la Barcelona literaria? ¿No ha hablado siempre de su ciudad, de sus raíces, de su entorno? Y, el tema incómodo: ¿No es Catalunya una tierra maravillosamente mestiza, abierta, tolerante, que sabe hacer la digestión de diversas culturas, idiomas, costumbres...? ¿Qué nos pasa con el castellano, que nos provoca indigestión permanente? ¿No habría una forma de garantizar una convivencia más afectuosa sin descuidar que el catalán no puede descuidarse? ¿De verdad no es posible amar a la vez la literatura catalana escrita en catalán y la misma literatura escrita en castellano?
El tema provoca exaltaciones y, como veis, no me quedo precisamente al margen. De modo que, a modo de conclusión: gracias, señor Marsé, por hablar de lenguas en este día, aunque sea para replicar a una idiotez. Ah. Y felicidades. Con tanta vehemencia, por poco se me olvida.

Higgins a Pickering en My Fair Lady

Why can't a woman be more like a man?
Men are so decent, such regular chaps.
Ready to help you through any mishaps.
Ready to buck you up whenever you are glum.
Why can't a woman be a chum?
Why is thinking something women never do?
Why is logic never even tried?
Straight'ning up their hair is all they ever do.
Why don't they straighten up the mess that's inside?
Why can't a woman behave like a man?
If I was a woman who'd been to a ball,
Been hailed as a princess by one and by all;
Would I start weeping like a bathtub overflowing?
And carry on as if my home were in a tree?
Would I run off and never tell me where I'm going?
Why can't a woman be like me?

27 de noviembre de 2008

Elia (5 años) neologiza

SOÑOLENTO: Dícese de quien lo hace todo muy despacio porque tiene mucho sueño.

PREFERITO: Más que preferido y favorito juntos, claro.

26 de noviembre de 2008

25 de noviembre de 2008

¿Qué tienes en la cabeza?

Fue ver a Woody Allen rodando en Barcelona, y a los barceloneses se les antojó su sombrero verde de pescador. Eso, por lo menos, afirmaban algunos periódicos: que la demanda de sombreros verdes de pescador estaba creciendo en la ciudad condal, y que era necesario hacer lo posible por satisfacerla. Sólo Antoni Obach permaneció inalterable y recordó que en verano lo que se vende en Barcelona son panamás de paja y sombreros de algodón de anchas alas. Será porque las modas no alteran los nervios de este veterano sombrerero al que esto de vender adminículos que cubran las testas le viene de linaje. Obach es la decana de las sombrererías barcelonesas y su escaparate uno de los más fotogénicos e inmortalizados de toda la ciudad. No es de extrañar: tiene ese aire de lugar a punto de desaparecer, de cosa que estamos imaginando porque no es posible que persita.
Sólo he entrado una vez en la sombrerería Obach. Fue en el verano de 1990. Yo era la periodista más joven y más cándida del Diari de Barcelona. La productora había convocado a los medios de comunicación para anunciar la finalización del rodaje de una película de Ventura Pons, una comedia llamada Què t’hi jugues Mari-Pili? De la que no recuerdo nada salvo a Amparo Moreno, que interpretaba a una gitana y quería convertir su interpretación en un homenaje a todos los gitanos de España. La sombrerería Obach estaba patas arriba, invadida por la artillería del equipo de rodaje. Las actrices se refugiaban en el estrecho balcón que daba a la calle y contemplaban la calle del Call, estrecha y bulliciosa como debió de estarlo en la Edad Media, cuando esto era el barrio judío.
No recuerdo haber visto ningún sombrero por ninguna parte.

24 de noviembre de 2008

Una casa para siempre (microcuento)

De pequeña, solía visitar a mi abuela Teresa cada domingo por la tarde. Ella vivía en un piso grande, gélido, habitado por las sombras. Nos refugiábamos en el salón, en la compañía de un televisor y una estufa de butano que siempre estaban encendidos. Ella compraba comida preparada y alargaba la sobremesa hasta pasadas las cuatro. Después, antes de que la tarde venciera del todo, salíamos. Caminábamos sin prisa, ella agarrada de mi brazo, hasta la vieja casa familiar, un lugar grande como un mundo en el que, de pronto, mi abuela había decidido hacer reformas. Nuestra labor de todos los domingos consistía en supervisar el trabajo semanal de los albañiles. Yo la ayudaba a inspeccionar cada detalle, desde la colocación de los azulejos de los cuartos de baño hasta el tono de las nuevas persianas. Nunca hubo que llamarles la atención.
La reforma fue integral, incluyó derribos de tabiques, restauración de mosaicos y renovación del mobiliario y los electrodomésticos. En una de las paredes del salón, mi abuela mandó pintar un mural de enormes dimensiones donde se veía un lago de aguas transparentes custodiado por una cumbre nevada. «Me han dicho que es Suiza», me dijo, y añadió: «Me relaja. Creo que no me cansaré de mirarlo».
Una vez le pregunté cuándo pensaba mudarse a la vieja casa.
«Pronto», me contestó.
Mi abuela tenía una tienda de objetos de regalo que era toda su vida. Día tras día, a las nueve y media de la mañana, abría las puertas del establecimiento. A la una y media se marchaba a casa a comer y regresaba por la tarde, para cumplir con su horario comercial sin un solo retraso. De cuatro a ocho. De lunes a sábado, toda su vida. Sin vacaciones. Si alguien le preguntaba cuándo pensaba descansar, solía responder: «Estoy de vacaciones todo el año». Si alguien le hablaba de cerrar la tienda, o venderla, decía: «En cuanto termine las obras de la casa».
La última vez que visitamos juntas la vieja casa familiar, las obras ya casi habían acabado. Todo presentaba un aspecto pulcro, impecable, de mundo por estrenar. Los azulejos de la cocina formaban una cuadrícula perfecta, que me recordó a la de los cuadernos escolares el primer día de curso. Los electrodomésticos recién instalados aguardaban, en el silencio de las máquinas, tras sus plásticos protectores. En el cuarto de baño no faltaba nada: ni siquiera el cepillo de dientes, también nuevo.
Regresé sólo una vez más, el mismo día del entierro de mi abuela. Me entristecí al descubrir la pátina de polvo que se había acumulado sobre los embalajes sin abrir. Me senté un momento en el sofá del salón, a contemplar el mural de la pared. Mi abuela tenía razón: inspiraba un enorme sosiego. Por un momento, me pareció que ella estaba allí, a mi lado, contemplando el paisaje suizo, y que en sus labios se dibujaba una sonrisa satisfecha.
Mi madre heredó la casa con todo su contenido. Apenas un mes después, decidió venderla. No fue difícil encontrar compradores —una pareja mayor, sin hijos—, que quedaron maravillados con el aspecto que presentaba todo. Valoraron el trabajo de los albañiles y se interesaron por su procedencia, pero no supimos darle razón: sólo mi abuela conocía los detalles.
La imaginé en el sofá, contemplando el paisaje suizo y sonriendo cada vez que alguien alababa la buena calidad de los acabados.

En la imagen de hoy, Teresa, mi abuela, me puso sobre la mesa.

18 de noviembre de 2008

La pared herida


Novembre acosta la felicitat
Joan Margarit
Misteriosament feliç


Noviembre acerca la felicidad, leo en las páginas del libro que me acompaña como un lazarillo. Estoy en la plaza Sant Felip Neri y es noviembre. A juzgar por la quietud del lugar, la felicidad está presente. O tal vez sea otra cosa, parecida, siamesa. El vacío.
La definición científica de vacío habla de energía y repulsa. El horror fue energía en este lugar, y de la repulsa surgió este vacío que lo desborda todo. Desde entonces ese vacío protege esta plaza, esta iglesia, estos árboles indiferente. Los árboles son como dijo Cortázar que eran las estatuas: hay que ir a verles, porque ellos no se molestan. A Sant Felip Neri no sólo se viene a ver árboles: se viene a reencontrarse con ellos en silencio, como se reencuentra una con un amor al que dejó escapar.
La historia de la ciencia es la de la entonación distinta de algunas metáforas, dijo Borges. Estoy de acuerdo, pero en esta plaza no hay metáfora que valga. El horror no se ha consumido.
Cuentan que mientras se rodaba en Barcelona El perfume: historia de un asesino, John Malkovich se sentaba en esta plaza a beber buen vino. Apostaría algo a que antes de llegar aquí, Malkovich desconocía el significado exacto de la palabra «metralla». Después de observar la pared herida, ya nunca más será indiferente a ella.
Fue un 30 de enero de 1938: una bomba. 42 muertos. La mayoría, niños. Las paredes no cicatrizan. Nuestra inocencia, tampoco. La herida siempre estará como recién abierta.
Para soportar la verdad que contiene este lugar hacen falta las metáforas. Al mismo tiempo que la vida, crece la muerte, susurra el poeta desde la página que ha quedado abierta.
Añado que al mismo tiempo que la verdad, crece la máscara.

17 de noviembre de 2008

El debate sobre la eutanasia salta a las páginas de un thriller de misterio


Javier Sauras. AGENCIA EFE. Madrid, 14 nov. - El debate sobre la eutanasia salta desde los periódicos a las páginas de un thriller de misterio, "Hacia la luz", una novela de la catalana Care Santos en la que un médico muy respetado por la sociedad pasa "de ser el ángel bueno de la muerte al ángel exterminador".

La publicación de "Hacia la luz" (Espasa) coincide con el caso de Hannah Jones, una niña inglesa que se ha convertido en portada de todos los medios británicos, al ser denunciada por su médico después de que la joven renunciara a aceptar un trasplante de corazón para prolongar su vida.

"El caso de Hannah plantea el mismo dilema que la novela, porque ella está en su derecho a decidir sobre su propia vida", ha afirmado la escritora en una entrevista con EFE. "Pretendemos hacer pasar a todo el mundo por el rasero de unas creencias muy antiguas; ¡qué horror!".

En "Hacia la luz" el doctor que hace saltar las alarmas de la sociedad es Ángel Febles, "una cara pública muy querida que encierra un lado monstruoso", tal y como le describe Santos.

Febles ya le llevaba "rondando desde hace 12 años" a la autora, quien intentó, antes de "Hacia la luz", darle salida en varios relatos cortos, algo que "no funcionó". Detrás de la "fachada suntuosa" con la que aparece en la novela, el médico esconde "muchos escombros" que se van revelando a medida que avanza la historia.

Los encargados de ahondar en los misterios de Febles son Miren, una triunfadora que "ha pagado con su vida privada un currículum muy brillante", y Quim Quílez, un médico militante de la Asociación Dignidad Final, dedicada a los derechos de los moribundos.

Aunque Miren lleve el mayor peso en la narración de la obra, es Quílez el personaje con el que Care Santos se siente "más relacionada".

"Las conversaciones sobre medicina en la mesa me amargaron la infancia", confiesa entre risas la escritora, hija y hermana de médicos, y que ha vivido sumergida en tratados de neurología y tanatología para desarrollar la novela.

Care Santos contactó con la Asociación por el Derecho a Morir Dignamente, le pasó sus textos a varios expertos en medicina y farmacología para que "corrigieran gazapos", estudió a gurús de la tanatología -un terreno cercano a la parapsicología-, y entrevistó a gente que había estado clínicamente muerta, para redondear la obra.

Después de todas estas experiencias, la escritora ya no se queda "con la explicación científica de que la imagen del túnel y la luz que sobrevienen cuando se acerca la muerte responden a procesos bioquímicos del cerebro".

"La medicina ya ha tenido que alterar varias veces la definición de la muerte", advierte Santos. EFE


La imagen de hoy, de Spalenka

14 de noviembre de 2008

Aitana y las gallináceas

Para celebrar el final de las consecutivas promociones en las que he estado desde hace 5 semanas, en mi última noche en Madrid, decido ir al teatro. Es un milagro encontrar una entrada: están agotadas hace meses. Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón en el mismo escenario tiran mucho (también están Antonio Molero y Pere Ponce, por cierto). Yo voy más por el texto, que es de Yasmina Reza y se llama Un dios salvaje (Le dieu du carnage). Me gusta mucho la autora francesa. Me gustan sus tramas basadas en malentendidos, las corazas de sus personajes por las que siempre asoma su parte más débil, me gusta cómo muestra lo vulnerables y desquiciados que somos en realidad, bajo esa pátina de hombres y mujeres de mundo, refinados por la cultura, que nos empeñamos en mostrar siempre. Yasmina Reza nos recuerda a cada obra suya: "Cuidado, porque bajo la sofisticación vive el monstruo, uno dentro de cada uno de nosotros".
Hace no tanto, Reza fue mamá. A mi modo de ver, ese cambio en su vida ha supuesto también un giro muy interesante en su obra. Sus personajes son los que eran antes, sofisticados, parlanchines, dados al análisis... -los de Arte, para entendernos- pero ahora tienen hijos, y no hay nada que saque a relucir nuestros instintos más primarios mejor que los hijos.
Hace unos pocos meses vi en Barcelona Tres versions de la vida, un texto en el que dos matrimonios tratan de resolver algunas cuestiones, y de mantener una conversación, mientras el hijo de dos de ellos les interrumpe constantemente porque no quiere dormir. Los personajes no comparten puntos de vista con respecto a la educación, los invitados acaban opinando -y muy duramente- sobre la falta de normas que perciben en la casa y la intromisión les lanza a todos a un combate dialéctico brillante, cargado de sentido del humor, pero en el fondo muy amargo. Toca cuestiones que dan justo en la diana de quienes tenemos algún interés en la educación y, sobre todo, nos muestra tal y como somos, seres de carne y hueso.
Un dios salvaje es hermana de aquella, pero mucho más dura. Aquí la risa apenas surge -aunque constato que el público de Madrid es más risueño que el de Barcelona- y el drama aflora enseguida. Dos matrimonios también, reunidos porque el hijo de uno de ellos ha pegado brutalmente (le ha arrancado dos dientes) al hijo de los otros dos. Intentan ponerse de acuerdo para llegar a una solución, pero no hay acuerdo posible, como se verá enseguida. Intentan ser civilizados, pero no lo logran. Acaban recurriendo a la misma violencia que, se supone, están tratando de evitar.
Es un buen texto, y la puesta en escena, que es de la directora Tamzin Townsend, merece la pena. Fue un buen final de fiesta.


A modo de anécdota, ocurrió algo en la representación de anoche que no he visto jamás en mis ya más de 20 años como espectadora frecuente de teatro. Tres señoras más que maduritas se sentaban en la primera fila. Reían como gallináceas y comentaban constantemente los movimientos que ocurrían en escena. Por ejemplo, si al personaje de Antonio Molero le sonaba el móvil, decían: "Otra vez el teléfono, contesta". Si Maribel Verdú vomitaba, comentaban: "Está mareada, pobrecita". Otros espectadores les chistaron varias veces, pero no hicieron ningún caso. Hasta que de pronto, la muy guapa Aitana Sánchez Gijón se detuvo en mitad del escenario, se volvió hacia ellas y dijo: "Esto es una pesadilla, señoras. No pueden estar haciendo comentarios todo el rato porque nos desconcentramos y nos salimos del papel. Les ruego silencio, muchas gracias". Levantó una ovación espontánea, admirada. Luego, la función continuó como si nada. No, como si nada, no: las gallináceas permanecieron en silencio el resto de la noche. Y es que Aitana cuando regaña, regaña de verdad.

13 de noviembre de 2008

What I Believe, J. G. Ballard


Creo en el poder de la imaginación

para frenar el mundo

para renacer la noche.

Creo en la sombra de la luz.

Creo en nada.




La imagen de hoy, de DeRajkizfakindet, en Flickr

7 de noviembre de 2008

Estáis todos invitados

6 de noviembre de 2008

Cita a las doce y dos

La peor cárcel es la muerte de un hijo. Porque nunca se sale.


De la película Hace tanto que te quiero, escrita y dirigida por Philippe Claudel

4 de noviembre de 2008

De promoción

Qué placer pasear por Las Ramblas bajo el sol, después de un fin de semana de lluvia, lluvia y más lluvia. Qué placer que llueva precisamente cuando puedes pasar cinco horas en el sofá leyendo (por este orden) a Le Clézio, Anna Gavalda y Constantino Bértolo. Qué placer quedar para almorzar con el hombre de tu vida en un japonés escondido. Qué placer tomnarse un té minutos antes de subir al Altaria que te llevará a Valencia. Qué placer leer con el mundo desfilando tras los cristales del tren. Qué placer darse una ducha calentita nada más llegar al hotel. Qué placer imaginar el desayuno de mañana, antes de comenzar la jornada. Qué placer tomar notas para la próxima novela, que ya tiene título. Qué placer hojear un libro recién publicado y pensar que ya no te pertenece. Qué placer imaginar el próximo, ese que de momento sólo es tuyo, con avaricia.


"¿Cuánto descansa entre libro y libro?", le preguntaron una vez a Patricia Highsmith.
"Quince segundos", dijo ella.
Eso es.





La imagen, del folotog de Mady

3 de noviembre de 2008

Comienza la fiesta

30 de octubre de 2008

De repente... la desmemoria

Al final de la cena del Planeta alguien me pregunta: «¿Conoces a Fernando Savater? ¿Vamos a darle la enhorabuena?». Contesto: «No, no le conozco, mejor vas tú sola». Lo hice con esa naturalidad de la verdad absoluta. Sin vacilar.
Al día siguiente, tan contenta como me saben los lectores de este blog con los Planeta de este año, decidí celebrarlo siguiendo —por fin— los consejos de mi amiga Alicia y leer un ensayo de Savater que rondaba desde hace tiempo por mi cabeza, La infancia recuperada, un libro precioso donde el filósofo habla de las lecturas que le marcaron de adolescente, y hace una loa al arte de contar historias y al —no menor— de recibirlas.
Antes de comprarlo, hice algo que por fin he aprendido a hacer para no duplicar libros en mi biblioteca: consulté la base de datos donde tengo constancia de todos y cada uno de los libros que hay en casa —unos siete mil— para saber si el de Savater estaba o no entre ellos. Eureka: estaba.
Primera perplejidad: Vaya, tanto tiempo queriendo leerlo, y lo tenía al alcance de la mano. Recuerdo a Alicia hablándome de La infancia recuperada hace dos veranos por un pasaje despoblado de una isla remota del mar del Norte. Desde entonces, mi memoria aún más despoblada ha querido caer en esas páginas. Entre otras cosas, porque Alicia siempre recomienda con sabiduría. En fin.
Corrí a las eses de mi biblioteca y di con el libro. Una edición de Taurus del 94 que de inmediato me resultó familiar. Nada más verlo supe, por lo menos, que alguna vez lo había tenido entre las manos. Ya fue algo, por cierto. La segunda sorpresa fue abrir el libro por las guardas y descubrir que está dedicado por su autor: «A Care Santos, joven escritora», dice. Una dedicatoria que comienza a ser triste pero que lo será más dentro de veinte años, cuando de la juventud sólo quede este despiste mío permanente. Me regañé íntimamente: «Mira que no acordarte de que le conociste y que te dedicó este libro, entonces recién re-publicado...». Sí, me dije, conocí a Savater en el penúltimo de los Congresos de Jóvenes Escritores de Alcalá de Henares, cuando le invitamos a visitarnos en calidad de figura consagrada. Dijo cosas estupendas. Luego nos tomamos una foto, que tengo a la izquierda de mi mesa de trabajo, en la que tanto Savater como los jovencitos que le acompañamos estamos de lo más sonriente. Allí estoy, junto a Toni Montesinos y Ricard Ruiz. Está también José Luis Sampedro, a quien un día de estos soy capaz de decir que no conozco.
Pero lo peor estaba por venir. Cuando abrí el libro, me di cuenta de que está subrayado y anotado por mí. Vamos, es mi letra, pero después de lo que os acabo de contar estoy por creer que fue mi Doppelhanger, ese doble fantasmal de uno mismo en el que creen los germánicos. tal vez mi doble se alimenta leyendo los libros de mi biblioteca, cada noche, mientras yo duermo.
De modo que rectifico: Sí, conozco a Savater. Me temo que quedé como una maleducada al no saludarle en el Planeta y felicitarle por su premio. Pero no fue culpa mía, sino de la desmemoria que, de repente, avanza, implacable, devorando lo que encuentra a su paso.
Me temo que fue sólo el primer aviso: Care, niña, atiende. Esto es lo que habrá al final. La nada.

29 de octubre de 2008

Emoción sin verdad

Hay novelas que pasan por tu vida como la historia que te cuenta la vecina, como una película en la que pasaste un buen rato pero que al día siguiente ya no recordabas. La última de Murakami, muy a mi pesar, es una de ellas. También lo es La nieta del señor Linh, de Philippe Claudel, que alguien me recomendó hace poco. No tienen nada que ver entre sí, salvo que ambas abordan asuntos familiares —¿por qué será que ahora leo buscando abuelas, nietas, hermanas, madres...?— y si hablo de ellas en una misma entrada es porque han coincidido en mi mesita de noche. Y porque ambas corren hacia el olvido a toda velocidad.
After Dark (Tusquets), lo último de Murakami es una genial escenografía. Es un plató donde podría rodarse una historia de Murakami: Tokio de noche, música de jazz con todas sus referencias y esos personajes lánguidos, inseguros, indecisos, perdidos por su propia vida, que en el escritor japonés son tan frecuentes. Los capítulos están encabezados por un reloj que marca la hora a modo de título y por una frase que indica en qué lugar y en qué momento nos encontramos. Parecen los encabezamientos de las diferentes escenas de un guión. También las situaciones son mucho más cinematográficas de lo que puedo soportar cuando leo una novela. Se nos habla todo el tiempo de "mirada objetiva" (¿mirada objetiva? Pero si la literatura es el territorio de la subjetividad...) y hay profusión de diálogos, y menos mal, porque son con diferencia lo mejor del libro. Murakami es un genio de los diálogos, y creo que se ha dado cuenta, por eso abusa de ellos para escribir historias que no creo que le entretengan demasiado, como ésta. me gustaría saber si After Dark comenzó siendo un guión o si su autor sueña con que lo sea. No me cabe duda de que acabará en la gran pantalla, y con razón. Por fin encontrará su razón de ser.
El otro libro es La nieta del señor Linh, una novela que alguien me recomendó hablándome de emociones y lágrimas. No hay palabra que me haga correr más a buscar un libro que "emoción". Exctamente eso es lo que persigo cuando leo, cuando escribo, cuando miro una película, cuando visito una exposición: emocionarme. Compré la novela de Claudel en Sevilla y la leí en mi habitación del Hotel Inglaterra, en los intersticios de la promoción andaluza de Dos Lunas. Un buen lugar para leer, con la lluvia tras los cristales y el pie en alto (qué remedio), lástima que la lectura no estuviera a la altura. Encontré una historia melodramática que podría haber sido una película de sobremesa de domingo. Un abuelo exiliado de China cae en un país extranjero, presumiblemente Francia, con su nieta de seis semanas, a quien debe cuidar. Se siente perdido hasta que encuentra un amigo, un francés viudo al que no entiende ni media palabra cuando le habla. Y le habla sin parar. Sus encuentros son inveroisímiles, pero cebados de "emoción". Ese tipo de emoción que lo estropea todo, porque es imposible tomarla en serio. La misma emoción, entendí, que tantos han visto en El niño con el pijama de rayas, para entendernos: no es posible, pero "toca fibra" y con eso a algunos les basta. A mí, no. Siguiendo con la novela de Claudel, hay internamiento del anciano en un centro para inmigrantes, huida y final feliz. Pero me quedo con ganas de saber muchas cosas que el autor me escatima y, sobre todo, me quedo con ganas de reconocer en sus páginas la verdadera vida, la que yo conozco, la que sé que no es propensa a los finales felices, en esas páginas que me decepcionan por planas, por simples. Pienso que la literatura no es eso. Por lo menos la literatura que a mí me interesa, la que me fascina por la capacidad de emocionarme, sí, pero con una dosis suficiente de verdad.
Hay libros que pasan por mis manos sin que vea la necesidad de subrayar ni una sola frase. Mala señal. Para eso, mejor voy al videoclub.

28 de octubre de 2008

Estrés cultural

Qué triste vida la del espíritu inquieto.
Se amontonan los libros sobre la mesa. Estoy leyendo a mi adorado Quignard, o a Blanchot, o a Gavalda (Anna) —¿qué me ocurre últimamente con los franceses?— mientras Katayana espera sobre la mesa. No puedo dejar de mirar de reojo la colorida cubierta del libro. Por fin he terminado el diario de Vila-Matas (Dietario voluble, Anagrama) y la autobiografía de Ballard (Milagros de vida, Mondadori) pero tengo por lo menos cuatro libros de más de 400 páginas que me apetece mucho leer, y que decido postergar para cuando tenga más tiempo. Empiezo una lista de lectura, para que no se me olviden, como dice Bennet que hace la reina de Inglaterra en Una lectora nada común (Anagrama). Mis amigos no dejan de publicar. Me encanta leer a mis amigos. No hay tiempo para leerlo todo. Seleccionar es terrible.
Por no hablar de la exposición de Rodchenko en La Pedrera, de la de Ballard en el CCCB, de los jardines japoneses que quiero ver en la Casa Asia, de otra edición de Kosmópolis que inevitablemente se ha escapado. Y de la última peli de los Coen (Quemar después de leer), a quien siempre he sido fiel, y de la última de Woody Allen (de horrible título, por cierto, tanto que me niego a reproducirlo) que aún no he podido ver, y del documental Cómo cocinar tu vida, en los Verdi, y de la primera peli de Philippe Claudel, (Hace mucho tiempo que te quiero) y de las novedades del videoclub que más me tientan, como Antes que el diablo sepa que has muerto... y que alquilamos los sábados por la noche.
¿Y el teatro? De pronto, en la cartelera hay un Stoppard (¡le amo!) un Bennet (nunca he visto ninguno y estoy intrigada), la adptación musical de Aloma, de Rodoreda por Dagoll-Dagom en el Teatre Nacional y algo que me recomendaron en el Lliure con mucho énfasis. Y yo en casa, con el pie en alto porque me esguincé el meñique del pie izquierdo, leyendo críticas estupendas.
En fin. Triste vida la del espíritu inquieto. Si en plena vorágine se me aparece un genio y me ofrece un deseo, pediré una vida paralela, sólo para ser consumidora de bienes culturales. ¿Alguien se apunta?

La imagen de hoy, Bookstore, de MrBCN, en Flickr

27 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos


Creo que enterramos a los muertos y ponemos tan claro su nombre en las lápidas para que los relacionemos con un único lugar, para que su recuerdo quede confinado nada más que a un sitio.




De La marca de Creta, de Óscar Esquivias (Ediciones del Viento, 2008), recién galardonado, por cierto, con el Premio Setenil a Mejor Libro de Relatos publicado en España en 2008.


Más información, aquí.






La imagen, de Peperpop, en Flickr

24 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos


Experimento al vivir un placer sin límites y tendré al morir una satisfacción sin límites.


Maurice Blanchot. El instante de mi muerte. Tecnos, 1999


La imagen, de Meredith Farmer

23 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos

Toda evolución es un destino






Thomas Mann, La muerte en Venecia





La imagen, Venecia hace poco más de quince días

21 de octubre de 2008

Camaleones (microcuento también para niños)

Dani siempre estuvo obsesionado con los camaleones y siempre quiso tener uno. Su madre le preguntó una y otra vez si no le gustaría más otra mascota, una «más normal», decía, o «más simpática». Pero él lo tenía muy claro: le gustaban los camaleones porque eran antipáticos, porque no se preocupaban por agradar a la gente, como le ocurría a él, a quien le costaba un mundo hacer amigos. Luego estaban esos detalles tan vistosos: los cambios de color, la lengua pegajosa que atrapa moscas al vuelo, los ojos que miraban en todas direcciones... A él le habría gustado cazar a alguien con su lengua pegajosa y masticarlo con cara de indiferencia. A la profesora de Tecnología, por ejemplo. O a la vecina presumida del tercero.
El día de su duodécimo cumpleaños, sus padres decidieron darle a Dani una sorpresa. Cuando vio el regalo, envuelto en papel de vivos colores, no podía ni sospechar lo que contenía. Y cuando lo desembaló y abrió la caja, su alegría fue inmensa. ¡Un camaleón! ¡Por fin le habían comprado su tan ansiada mascota! Lo llevó de inmediato a su cuarto, lo colocó junto al cabecero de la cama y pensó un nombre para él. No fue fácil.
—Te llamarás Dani, como yo —le dijo, justo antes de dormirse.
El camaleón no se inmutó, pero eso en él era lo más normal.
Por la mañana, cuando se despertó, Dani corrió a mirar cómo estaba su camaleón. Continuaba como le dejó por la noche. Altivo, erguido, parduzco. Tal vez tenía hambre, pensó. Y fue al introducir la mano en el terrario cuando reparó en el extraño color que tenía la piel de sus brazos. Parecía más oscura, y también más áspera que de costumbre. Como si hubiera estado tomando el sol más que nunca en su vida.
Le extrañó un poco, pero decidió no darle importancia. Fue un poco más tarde, cuando estaba contemplando a su camaleón sentado con tranquilidad sobre la colcha cuando se miró las manos y se dio cuenta de que eran… ¡Azules! Habían adquirido la misma tonalidad, exactamente, que el cobertor con el que se arropaba por las noches.
El camaleón movió con mucha lentitud la cabeza, atento a todo lo que ocurría. Parecía saberlo muy bien.
Entonces Dani se dio cuenta de que su lengua se había vuelto áspera. Y que había algo extraño en ella, como una hinchazón, como si fuera más grande que antes.
Se tumbó en la cama. No tenía ganas de hacer nada. Ni siquiera de moverse. Lo que más le apetecía en aquel momento era quedarse quieto, observar, prestar atención, sentir sobre la piel el sol tibio que se filtraba a través de los cristales.
En ese instante vio a la mosca. Volaba muy cerca del techo, despreocupada. No tenía ni idea de que cuatro ojos la estaban vigilando. Se acercó un poco más y entonces todo ocurrió a toda prisa: una lengua larga y pegajosa apareció de la nada. La capturó en el acto.
Dani masticó al insecto, satisfecho de lo bien que le había salido, a pesar de que era la primera vez.
Cuando entraron en el cuarto de su hijo, los padres de Dani encontraron dos camaleones.


La imagen, de Baloulumix en Flickr

20 de octubre de 2008

Madurez


A los casi 40, una debe haber aprendido dónde debe desnudarse.

Y también a no desperdiciar la oportunidad, cuando se presenta.

17 de octubre de 2008

Each Has a Story

Alguien dejó hace poco en este blog el arranque de una novela mía escrita hace diez años. La leí un par de veces, perpleja. De esa perplejidad nace esta entrada de hoy.

Hace un par de días, una periodista me preguntó en qué momento de una novela sé que debo desnudarme. Estábamos hablando de Dos Lunas y yo acababa de decirle que siempre escribes desde tu propia experiencia, desde tus vísceras, y que por mucho que estés hablando de viajes en el tiempo o de posesiones diabólicas, hay pasajes que contienen más verdad sobre ti misma de la que nunca le contarías a nadie cara a cara. Poco después me pidió que leyera en voz alta un fragmento de la novela. Abrí por una página al azar, en busca de unas frases que no sonaran muy extrañas aisladas del resto. Tropecé con un pasaje en que Eilne, la niña protagonista, escribe en un cuaderno en medio de la oscuridad absoluta y se ufana de saber hacerlo muy bien. Recordé cuando yo misma, de pequeña, mi padre me regañaba por tener la luz encendida hasta tarde y entonces apagaba la luz y seguía escribiendo a oscuras. Era difícil, pero adquirí mucha habilidad, y por la mañana me gustaba contemplar los garabatos nocturnos a la luz del sol y ver que cada vez me salían mejor, como hace mi protagonista. A eso me refiero con verdad. A veces son verdades insignificantes, como ésta. Otras, no.

Cada novela responde a un momento concreto de tu vida. No sólo contiene la historia que has elegido contar, también tu estado de ánimo, tus preocupaciones, tus manías de ese momento. Las novelas no cambian, se quedan como las dejaste. Todo lo contrario de lo que se supone que debe ocurrirle a un ser humano. Por eso, entre otras cosas, los reencuentros con tus propias cosas son entre traumáticos y perplejos. De pronto, estás ante un espejo que te devuelve una imagen antigua de ti misma. Reconoces tus rasgos, y también lo que ha ocurrido con ellos.

Jamás me releo. Por eso me provoca estupefacción tropezar con un fragmento de una novela mía. Casi nunca lo reconozco a la primera. Luego, lo reconozco demasiado. Identifico cada adjetivo, cada nombre propio, cada color del paisaje. Podría corregirme a mí misma, reescribir algo que ya di por terminado hace una década, pero sería absurdo (y agotador).
En realidad, no me releo porque el pasado no puede corregirse.


La imagen es de Meredith Farmer y se titula como esta entrada de hoy

16 de octubre de 2008

Verbenas planetarias y otras vergüenzas

Hace unas semanas formé parte del jurado de un premio literario. Se premió un precioso álbum ilustrado que verá la luz dentro de unos meses. Un día después, encontré un mensaje en mi bandeja de entrada. Los autores del libro mandaban un correo colectivo para anunciar que se habían llevado el premio y manifestar su alegría. Como era de esperar, estaban muy contentos.
Los mensajes colectivos son muy peligrosos.
Ayer llegó a mi bandeja de entrada otro mensaje. No iba dirigido a mí, sino a los ganadores del concurso. En él, alguien que firma como "vuestro admirador... y ojalá que amigo" se deshace en babosos elogios hacia la obra de los dos galardonados. Empezando por el encabezamiento: "Por fin conozco a alguien, vosotros, a quien se ha dado un premio justo". El resto del mensaje tiene esa vergonzosa pátina del halago interesado: "lo que habéis hecho es una pequeña gran obra...", "continuad, es necesario, sois el trabajo bien hecho que limpia tanta inmundicia...". Al final, el corresponsal pide, como era de esperar: "Me gustaría tener una litografía o cualquier otra cosa vuestra, para hacerla mía día tras día en las paredes de mi casa".
Si pensaba pedir era mejor que se ahorrara los halagos. Por lo menos, no se habría puesto en evidencia de ese modo.

Ayer, a la salida del Premio Planeta, el director de la red comercial del grupo comentó, muy contento, su satisfacción por el Premio Nacional de Millás. Ha sido oportuno, tres días antes de la concesión del premio de este año, y ayuda a borrar un poco la imagen de galardón-sólo-comercial que tiene el Planeta, cree él que injustamente. Su indignación me pareció noble, casi enternecedora: es estupendo que el director de la red comercial defienda así un Premio al que todos atacan. Como para recordarnos que el Planeta no es sólo comercial, junto al menú, la casa siempre imprime el impresionante palmarés del galardón: Matute, Cela, Vargas-Llosa, Puértolas, Muñoz Molina... Y eso sin citar a los finalistas, entre los que están Juan Benet, Alfonso Grosso o el propio Fernando Savater, flamante ganador de la noche de ayer, como habían anunciado las quinielas. Entiendo al director de la red comercial. Yo también me enfadaría.
Y comparto su alegría, por cierto, pero por diferentes motivos. Estoy como loca de que la finalista sea Ángela Vallvey. Su discurso fue estupendo y tan brillante como siempre es ella, comenzando por ese divertido: "No sé si se han dado ustedes cuenta, pero he estado a punto de ganar el Planeta". Luego habló de Lara, "el viejo Lara" o "Lara padre", a quien dijo imaginar en el cielo, persiguiendo a Jesucristo para que escriba sus memorias: "Tú eres bastante conocido, tu libro se venderá bien", puso en boca del clarividente empresario.
Luego Savater dijo que su novela era rara porque "No sale la guerra civil, ni la guerra mundial ni ninguna otra guerra" y porque, el colmo, "tampoco sale ninguna catedral, ni ninguna iglesia, ni ninguna ermita, ni ninguna capilla ni nada de nada...". Por cierto, que llevaba una corbata de King Kong sobre su sempiterna camisa de cuadros.
Ay, qué extraña felicidad planetaria me embarga hoy, navegantes.
Para terminar, una estupefacción. La que me cuenta una editora amiga que sienten los editores extranjeros ante los premios comerciales españoles. "Esto fue un invento del padre Lara", dice, "Porque no hay otro país en el mundo que tenga premios como los nuestros, entregados a obras inéditas. Lo normal es que los premios los den las instituciones a libros publicados, y no que se organice esta verbena, que da un poco de vergüenza".
Sí, la verbena da un poco de vergüenza, sobre todo por los trapitos que me llevan algunas (ex-ganadoras y posibles ganadoras incluidas) pero qué queréis que os diga, son tan divertidas las verbenas. Y tan entrañables.
En fin, un año más, hemos sobrevivido al Premio Planeta. Y encima, contentos. ¿Debería preocuparme?

15 de octubre de 2008

Lo que he estado haciendo en Madrid

http://www.elcultural.es/noticias/LETRAS/503282/noticias/LETRAS/503282/Care_Santos__

http://www.estrelladigital.es/ED/diario/46893.asp

Cita a las doce y dos


El que busca secretos no sabe ver las cosas
nada está oculto;
todo se explica en su contorno.



En la estación perpetua, Antonio Cabrera (Visor, 2007)

La imagen, de Bruno Bisang

14 de octubre de 2008

Sugiéreme un mundo con una frase

Estos días de viajes y esperas, hemos inventado con Francesc (Miralles) un entretenimiento a la altura de nuestra curiosidad. Consiste en entrar en el quiosco de prensa de una estación o un aeropuerto, uno de esos que están atestados de novedades editoriales recién salidas del horno, y buscar el arranque de novela más horrible.
La primera convocatoria de este concurso singular tuvo lugar una tarde de la semana pasada en la estación de Atocha de Madrid y en el quiosco que abastece a los viajeros del AVE. Después de revisar más de veinte arranques cada uno, el jurado bipersonal decidió darle el premio "Incipit horribilis" a este funesto principio de la novela de Miguel Ángel Rodríguez Gemelas SSDD (¿SSDD? ¿Es un error de imprenta?), recién publicada por editorial Algaida:

«Carolinma Corazón, la megaestrella de la televisión del cotilleo, presintió que se iba a morir treinta y cinco minutos antes de quedar pasmada, inerte y ridícula ante la cámara, con los iris de los ojos muermos, pegados y sin luz interior, como de santo de madera policromada».

Esto de los arranques es un juego adictivo. Confieso que es lo primero que miro de una novela: cuál es la frase que el autor ha escogido para pedime a gritos que entre en su mundo (ergo, que deje el mío). A veces, la frase en cuestión no da ganas de levantarse del sofá. Otras, te insta a seguir al autor hasta los confines de la tierra conocida, si es necesario. Pocos autores son conscientes de la importancia de la primera frase. A menudo, leo un comienzo y me pregunto: «¿Este señor sabe que él y yo estamos comenzando algo?».
De lo que tengo sobre la mesa estos días, esperando a ser leído, elijo algunas primeras frases para ilustrar esta entrada de hoy. Hay de todo, y entre ellas también podrían entregarse premios de todo pelaje. Pero os cedo la oportunidad, mientras yo sigo merodeando (esta semana sin compañía) por las estaciones y los aeropuertos.

«Comencemos por el epílogo: mamá, casi centenaria, viendo una película sobre un autor al que conoce muy bien». Daniel Pennac, Mal de escuela.

«Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mienmtras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana». Paul Auster, Un hombre en la oscuridad

«De noche, en las ciudades, lo noto, hay hombres que lloran en sueños y luego dicen Nada. No es Nada». Martin Amis, La información.

«Este libro trata sobre mí. Es la primera autobiografía que considera por separado un fragmento de una vida y deja el resto aparte. Abarca aproximadamente diez años. Es mejor que empezar por el chupete y el biberón. ¿Cuántas novelas tolerables hay que comiencen con el héroe en su cuna? Y es que una buena biografía es, por supuesto, una especie de novela». Wyndham Lewis: Estallidos y bombardeos

La imagen, una obra de Alicia Martín

13 de octubre de 2008

Redención de fin de semana: galletas de almendra pintadas de chocolate











Y la receta:

Ingredientes
-200 gramos de harina de maíz
-200 gramos de hrina normal
-150 gramos de mantequilla fundida
-200 gramos de azúcar
-150 de almendra molida

Se amasa todo como véis, se extiende y se forman las galletas (el ingrediente más importante es la paciencia). Se hornean 10 minutos y luego se pintan con chocolate fondant para postres. Pueden decorarse también con azúcar glas («además de» o «en lugar de» el chocolate) y también pueden añadirse fideos de colores (como en las fotos o cualquier otro adorno dulce).
Ah, si se hacen con niños, saben mucho mejor. Se recomienda buscar a quien regalarlas. Es un buen incentivo para los peques y así luego no engordaréis varios kilos.

Está claro que no todo puede ser literatura. De vez en cuando, en esta casa también abrazamos la gastronomía.

10 de octubre de 2008

De Tretze tristos tràngols, de Albert Sánchez Piñol

L'endemà el corb va convocar tots els ocells en un arbre proper al camp de civada.
—He descobert un espantaocells únic —va començar—. Hauria d'odiar-nos i ens estima. Ell, que va ser creat per fer-nos por, voldria la nostra companyia tot i que l'hagi de pagar amb la vida. Vol morir per nosaltres! Mireu, és allà. Al centre del camp de civada.
però el que va passar va ser que els altres ocells no veien cap espantaocells:
—Et refereixes a aquell home que vigila el camp?
La Campana, 2008

9 de octubre de 2008

Intimidades

Leer es un acto íntimo, como comer o dormir. Por eso lo practicamos en lugares íntimos, valiéndonos de ceremonias que a veces son difíciles de confesar. Como quien gusta de leer echado en la cama cuan largo es, con el brazo extendido todo lo que da, y jura no tener pereza de pasar las páginas. El atrezzo que acompaña la lectura suele ser el mismo que nos guía en los momentos de mayor secreto: sofás, camas, hamacas... incluso cuartos de baño. No falta quien confiesa que cuando viaja sólo echa de menos su sofá con chese-long. Y quien dice adorar el vicio de leer nada más despertar, sin salir aún de la cama, como si el libro fuera una prolongación del sueño. Luego está la playa, otro territorio de íntimos deseos, donde hay quien lee tumbado boca abajo, o boca arriba, o en silla, o bajo un parasol, o en la zona de espigones. Y las terrazas perdidas en lugares amados: la terraza en Mallorca, el árbol del jardín... Y, por último, está el rincón de meditar y leer, fantástico descubrimientro que despierta la envidia de todos los presentes. Si puede ser con lluvia tras los cristales y un café bien caliente entre las manos, mejor que mejor, porque parece que el recogimiento aumenta, ¿o será que disminuye el remordimiento de no estar a pleno sol?

Me encanta preguntar a la gente del gremio por sus hábitos lectores. Lo que hoy he compartido con vosotros, navegantes, salió el martes durante la sobremesa de un almuerzo con libreros barceloneses. Ay, qué gusto da encontrar gente que comparte tus debilidades.



En la imagen, ellos, los libreros y nosotros, los pesados autores de promoción.

8 de octubre de 2008

Un huérfana mayor de edad

Hoy hace 18 años que murió mi padre. Se podría decir, pues, que soy una huérfana mayor de edad. En realidad, no ha pasado un sólo día desde que murió en que no me sintiera algo más huérfana que el anterior. Y eso que hoy, Antonio Santos, médico de profesión, pintor, poeta y novelista de vocación, sevillano de nacimiento, catalán por amor... tendría ni más ni menos que 80 años, y la verdad, no puedo imaginarle comportándose como los hombres de 80 años. La muerte prematura tiene eso: por lo menos, les ofrece a quienes tropiezan con ella la posibilidad de un recuerdo que no conoce los estragos del tiempo.
Creo que mi padre fue un hombre razonablemente feliz. Antes de conocer a mi madre había estudiado un primer curso de medicina, que tuvo que dejar por falta de medios. Luego conoció a mi madre por correspondencia, cuando ella tenía 16 y él 25. Se prometieron casi sin verse las caras. Se observaron una sola noche, en un hotel de Sevilla, cuando mi madre estaba allí de excursión de fin de curso, y decidieron que se casaban. Así de fácil. Mi padre dejó a la novia, sevillana, con la que ya tenía piso y fecha de boda (ella nunca se casó, según cuenta mi tía), dejó su cargo de administrador en una oficina de La Caja de Ahorros y el Monte de Piedad (hoy El Monte) y se marchó a Barcelona, llevando una maleta de cartón. La misma maleta que descuartizó poco después y en cuyas cuadernas pintó acuarelas. Aún debe de haber por casa de mi madre, repleta de los cuadros de papá, algún pedazo de maleta convertido en marina, o en bodegón. Una vez le expliqué esta historia a mi amigo Andrés Neuman y escribió un poema que siempre tengo frente a mis ojos. A mi padre le habría gustado que otro poeta se inspirase en él.
Una vez en Barcelona, ya con mis hermanos pequeños y casado, retomó la carrera, que terminó en los primeros 60. Ejerció la ginecología, la pediatría y la traumatología, llegó a dirigir la una clínica en Mataró y en los ratos libres pintó, escribió sin parar y hasta crió canarios (y los presentó a concursos, y los ganó, qué exótico). A su muerte, encontramos tres novelas inéditas en las tripas de su ordenador, un montón de fichas sobre estudios genéticos para los cruces de sus pájaros y centenares de notas. Sus últimos versos son amargos, terribles. No puedo releerlos sin escalofríos. El paso del tiempo, la falta de fuerzas, quién sabe... Su corazón le había avisado ya otras veces. El 8 de octubre de 1990 atacó y ganó.
El tiempo es un médico lento, pero seguro. Hace que te acostumbres a cualquier cosa, incluso a no tener padre. Sin embargo, hay algo a lo que no logro acostumbrarme: a la circunstancia de que no me parezco en nada a la niña de 20 años que le vio morir, perpleja de la injusticia que la vida cometía con ella. No me he repuesto de esa injusticia y a menudo pienso qué ocurriría si de pronto me tropezara con mi padre por la calle. ¿Nos reconoceríamos?

Perdonad el tono pesimista de esta entrada de hoy, navegantes. La vida es lo que tiene: terribles recordatorios cuelgan del calendario. Mañana encontraréis aquí otro tono, como de costumbre. Hablaré de intimidades de lector. Se lo he prometido esta tarde a un grupo de libreros con los que he almorzado bajo un tragaluz.

7 de octubre de 2008

Cita a las doce y dos

A los 6 años, desnudarse no significa nada. A los 26 años, desnudarse ya se ha convertido en un vieja costumbre. A los 16 años, desnudarse es un acto de inusitada violencia.


De Antichrista, de Amelie Nothomb

6 de octubre de 2008

Cleptomanía mermeladera

Lo confieso: robo tarritos de mermelada en los hoteles. Las escondo en la palma de la mano, miro disimuladamente al camarero para cerciorarme de que no me ve y entonces ¡zas!, de un movimiento calculado las dejo caer en mi bolsillo, o en el bolso. Nunca bajo a desayunar sin bolso, o sin llevar una prenda que tenga bolsillos. A veces dejo un rato las mermeladas sobre la mesa, como si me las fuera a comer, y sólo cuando me voy las deslizo dentro de la bolsa. Otras, lo hago directamente, nada más acercarme a la bandeja de las mermeladas, esa enorme tentación. Mi récord está en tres de una sola vez. Si estoy varios días en el mismo hotel, me modero: nunca más de dos al día, y me produce un placer inenarrable ver cómo se amontonan en la maleta. Las escojo de sabores variados, siempre procurando no repetirme mucho.
Al llegar a casa, las dejo en una repisa del armario (tengo bastantes, con diferentes etiquetas de diferentes hoteles). Me gusta agasajar a mis invitados con un tarrito de mermelada junto a la tostada recién hecha. También me gusta ofrecérsela a mis hijos. Les gusta la de fresa, especialmente. Mi compañero, prefiere la de naranja o la de melocotón. Yo, en cambio —y esa es la gracia, lo que me convierte en una artista del robo de mermeladas en los hoteles— detesto la mermelada en el desayuno. Combinada con mantequilla casi me hace vomitar. No la tomo jamás.
Igual por eso la robo.
Pero lo advierto a quien va conmigo: «Te hago saber que robo mermeladas en el desayuno». Pocos me creen a la primera, pero tarde o temprano se rinden a la evidencia.
Esta semana comienzo la gira de promoción de El mejor lugar del mundo es aquí mismo, publicado por Urano. Junto a mi amigo Francesc Miralles, coautor del libro, tendré que patearme algunas ciudades y algunos hoteles. Él no sabe de mi cleptomanía mermeladera. Me pregunto qué dirá cuando conozca esa debilidad mía que, seguro, ni sospecha.
Y es que ya lo decía mi abuela: sólo puedes decir que conoces a alguien cuando te has comido a su lado un saco de sal.